El Libro de Toth I: el libro de los dioses
EXPEDIENTE DAVINCI 001 · PARTE I
El Libro de Toth: el libro de los dioses
Antes de convertirse en símbolo hermético, alquímico o esotérico, el Libro de Toth perteneció al imaginario egipcio: un libro atribuido al dios de la escritura, la magia y el conocimiento.
Existía un libro que ningún hombre debía poseer. No lo había escrito un rey, ni un sacerdote, ni siquiera el más sabio de los escribas de Egipto. Lo había escrito un dios.
En sus páginas se escondía un conocimiento capaz de permitir a un ser humano comprender a las aves, los peces y las bestias, actuar sobre el cielo y la tierra y contemplar aquello que ningún mortal debería ver: a los propios dioses.
Podría parecer una leyenda creada por ocultistas europeos del siglo XIX. No lo es. La historia del Libro de Toth aparece ya en relatos egipcios antiguos, y su fuerza no procede solo de la fantasía, sino de una pregunta mucho más profunda: ¿qué ocurre cuando el conocimiento se presenta como algo demasiado poderoso para estar en manos humanas?
El dios que inventó la escritura
Toth fue una de las divinidades más fascinantes del panteón egipcio. Se le representaba habitualmente como un hombre con cabeza de ibis, aunque también podía aparecer bajo forma de babuino. Pero lo esencial no era su aspecto, sino aquello que encarnaba.
Toth estaba asociado con la escritura, el cálculo, la medición, el tiempo, la Luna, la sabiduría, la magia y el conocimiento. Era el escriba de los dioses. En distintas tradiciones participa en el mantenimiento del orden cósmico, registra acontecimientos y aparece en uno de los momentos fundamentales del viaje de los muertos.
En la famosa escena del juicio del alma, el corazón del difunto es pesado frente a la pluma de Maat. Alguien debe registrar el resultado. Ese alguien es Toth.
Para comprender por qué podía existir un libro atribuido a él, debemos abandonar nuestra concepción moderna de la escritura. Para los egipcios, escribir no era simplemente almacenar información. Las palabras tenían poder. Nombrar algo, conservarlo por escrito o borrar su nombre podía afectar a su permanencia en el mundo visible y en el más allá.
Las palabras divinas
Los jeroglíficos podían ser llamados medu netjer, palabras del dios o palabras divinas. Las fórmulas funerarias permitían al difunto superar peligros. Conocer el nombre de una entidad podía proporcionar poder sobre ella. Textos, imágenes y rituales formaban parte de un mismo universo simbólico.
En ese contexto, el dios de la escritura era inevitablemente también un dios del poder que otorga el conocimiento. Toth no era solo alguien que sabía. Era quien podía registrar y transmitir lo que sabía. Por eso la tradición terminó atribuyéndole libros. Y uno de ellos contenía algo que los hombres no debían conocer.
Setne Khamwas y el libro prohibido
La referencia literaria más espectacular nos lleva a Setne Khamwas, figura inspirada en Khaemwaset, hijo de Ramsés II. El personaje histórico fue sacerdote de Ptah en Menfis y mostró una extraordinaria fascinación por el pasado. Intervino en monumentos antiguos, restauró inscripciones y procuró conservar nombres de reyes y propietarios olvidados.
Siglos después, aquella memoria se transformó en leyenda. Khaemwaset pasó a ser Setne Khamwas: un sabio, mago y buscador de secretos antiguos. En uno de los relatos descubre la existencia de un libro extraordinario escrito por Toth y oculto en una tumba.
Antes de llegar hasta él, Setne escucha la historia de Naneferkaptah, otro príncipe obsesionado con los libros antiguos. Un sacerdote le revela que Toth había escrito con su propia mano un libro con dos fórmulas. La primera permitía actuar mágicamente sobre el cielo, la tierra, las aguas y las criaturas. La segunda abría una visión del orden celeste y de los propios dioses.
No estamos ante un simple manual de hechizos. El Libro de Toth prometía algo mucho más peligroso: superar los límites del conocimiento humano.
Robar a un dios
Naneferkaptah consigue llegar hasta el libro, escondido y protegido por obstáculos sobrenaturales. Lo lee. Comprende sus fórmulas. Y después realiza un gesto de enorme potencia simbólica: copia el texto, disuelve las palabras en un líquido y se las bebe.
El conocimiento entra físicamente en su cuerpo. Ya no necesita conservar una copia. Él mismo se convierte en recipiente del texto. Pero Toth descubre el robo y exige castigo. La búsqueda del conocimiento divino destruye a Naneferkaptah y a su familia.
La advertencia, sin embargo, no detiene a Setne. Cuando encuentra el libro en la tumba, sabe lo ocurrido. Sabe que aquel conocimiento no pertenece a los mortales. Y aun así decide llevárselo. Quizá esa sea la verdadera constante de todas las historias sobre conocimiento prohibido: la advertencia nunca funciona.
El conocimiento recibido y el conocimiento robado
Existe, además, otro relato protagonizado por un mago llamado Hor, hijo de Paneshe. En esta ocasión, Egipto está amenazado por una magia extranjera y Hor necesita un saber superior para defenderlo. Toth se le aparece en sueños y le indica dónde encontrar otro libro escrito por su propia mano.
Pero esta vez la historia cambia. Hor no roba el libro ni intenta apropiarse de él. Lo lee, obtiene el conocimiento necesario, hace una copia y devuelve el original a su lugar. La diferencia es fundamental: Naneferkaptah roba y es castigado; Setne roba y es humillado; Hor recibe el conocimiento con autorización divina y lo usa para restaurar el orden.
Tal vez el mensaje no sea que el conocimiento de Toth esté siempre prohibido para los hombres. Quizá sea más sutil: el conocimiento puede ser recibido, pero no poseído como una propiedad privada.
¿Existió el Libro de Toth?
La respuesta depende de lo que entendamos por existir. No tenemos un objeto arqueológico que podamos colocar en una vitrina y señalar como el libro robado por Naneferkaptah. Ese libro pertenece a una narración literaria y posee rasgos sobrenaturales.
Pero sí existió en Egipto una tradición real que relacionaba a Toth con libros, conocimiento reservado, magia y sabiduría. Los templos egipcios fueron también centros de conservación y transmisión de saber. Las llamadas Casas de la Vida reunían textos religiosos, rituales, médicos, astronómicos y mágicos dentro de un ámbito especializado y restringido.
Además, los egiptólogos Richard Jasnow y Karl-Theodor Zauzich reconstruyeron a partir de fragmentos demóticos una obra que la investigación moderna conoce como The Ancient Egyptian Book of Toth. No es el libro omnipotente de la leyenda, pero sí demuestra que la expresión no puede reducirse a una invención moderna.
La pregunta DAVINCI
Quizá nuestro error sea imaginar el Libro de Toth como un volumen único, completo y perdido. Tal vez fuera una tradición. Una forma de legitimar determinado conocimiento atribuyéndolo al dios que había inventado la escritura. O quizá distintos textos conservaran fragmentos de un saber sacerdotal mucho más antiguo.
No podemos saberlo con certeza. Pero sí podemos seguir la pista. Porque Egipto no permaneció aislado. Llegaron los griegos, contemplaron a Toth y creyeron reconocerlo bajo otro nombre: Hermes.
Continúa el expediente: El Libro de Toth II: Toth y Hermes Trismegisto.


